Para despedirmos.
No tengo razones para dejarte un adios en
la puerta, solo tengo razones para llegar cada mañana y darte los buenos días,
en los labios, justo entre las comisuras que hacen muecas de sonrisas al revés,
descompuestas para armarlas después en las madrugadas.
La primera vez que nos encontramos no pediste que
me quedara, y yo con las ganas remojadas en cerveza decidí quedarme, a dormir,
a reír, a despertar entre los brazos enlazados y mis cabellos destrenzados. Desde
entonces supe que dormir era diferente cuando estabas tú. Aplastando mi cabeza
con tus brazos y pecho, no es delicado, pero me encanta. Despertando para
deshacer la almohada otra vez.
Las semanas pasan y a veces me traen ansiedad,
porque estoy preocupada de mí, de no saber qué hago con mi tiempo y con mi
responsabilidad, evadiéndola con lo que pueda. Pasó desapercibida en esta época,
quiero que me coma la tierra cálida y húmeda de verano, es insoportable para mí
enamorarme en esta temporada y sin embargo, lo hago.
En mis ratos ansiosos te pienso lejos y extraño,
escucho melodías viejas y revuelvo recuerdos que ya no me pertenecen, luego
apareces y te miro completo y conocido. Se me olvida.
Hace falta planear las despedidas de nuestras
vidas, de todas las personas que conocemos, cada una mereciendo una dedicada
individualmente, es casi tan importante como escribir un testamento. Hace falta
para despedirnos hacer memoria de todo lo que no puede faltar en la despedida,
el problema es que siempre hace falta tiempo, faltan horas, faltan días, años y
eras completas para explicar todos lo enfrascados pensamientos y sentimientos.
La brevedad es grosera e insípida y no tiene gran ingenio. No para mí.
Para dejarte un te quiero en la puerta no planeo
la despedida, pretendo que sea el saludo en la entrada, la bienvenida. Nada más
distinguido que un sentimiento gastado, que se renueva las veces que el corazón
o el cerebro quieran.