El perro león
Siempre camino distancias largas, me desespera la manera en que las cosas te
dejan esperando, a la deriva de que alguien te pueda llevar o no, por eso prefiero
caminar.
Camino solo y sin compañía porque a nadie le gusta caminar como a mí.
Ahora hay algo distinto, se siente una calidez en mi mano, me llama la
atención pero no tengo curiosidad de voltear, entonces empiezo a tratar de
reconocer con mi mano ciega lo que hay a un lado de mí, lo que me acompaña
y que camina tan rápido o tan lento como yo lo haga.
Cubierto de una alfombra afelpada, suave como el cabello, pero gruesa y
apenas tan largo como el césped, es algo que su altura apenas rebasa
ligeramente mi muslo. Ya la curiosidad me ha vencido y miro hacia abajo a mi
costado derecho, sin dejar de caminar. Tengo a un lado la criatura más extraña
que jamás he visto en mi vida. Yo lo definiría como un perro pero tan ágil como un felino.
El pelo que lo cubre es dorado, brilla como el mineral dorado, es tan
largo en la parte alta de su cabeza rodeando el cuello y bajando
hacia el lomo, donde se uniformiza por cada parte del cuerpo, en altura menor
pero igual de brillante. Las patas son anchas creo que del tamaño de la palma
de mis pequeñas manos, con las uñas retractiles, pardas y ligeramente afiladas.
Tiene una cola que acentúa su postura y al final del rabo una semilla de pelo,
marcando sus fuertes patas traseras, que parecen podrían caminar extensas
distancias y correr tan rápido como para perseguir al animal más rápido.
Quisiera mirar la cabeza y reconocer el rastro de la criatura, pero mi capacidad
de asombro se ve rebasada por las formas que encuentro en ella. Nada de lo que
esperaba.
Me paro de frente a él porque parece tener algo más interesante que mirar al
frente que mirar mi cara de extraña sorpresa.
Se detiene y levanta la nariz hasta poder fijar sus ojos color pardo caramelizado, con los contornos negros y
rodeados de pelo. Estoy ahora más sorprendido por la serenidad que puedo
encontrar en esos extraños ojos.
Está compuesto de un hocico largo y estilizado que termina en una nariz
negra, mojada y brillante. En la boca no se asoman colmillos como los que
esperaba, no tiene el hocico decorado con bigotes largos. Las orejas cuelgan a
lado de la cabeza que rodeada de pelo largo y crespado apenas se distinguen. No
hay nada de lo que esperaba. Pero no es desagradable mirar lo extraño de su anatomía.
Creo que él está igual de sorprendido que yo. Se desliza hacia atrás, dos,
tres pasos y abre el hocico, se avecina que se levantara en sus patas
posteriores, y así lo hace. Esta alegre.
No lo puedo creer porque es tremendamente extraño, un perro león se abalanza
sobre mí y sus anchas patas caen sobre mi pecho. No tengo miedo. Apenas puedo
aguantar su peso y toco su cabeza enterrando mis dedos en la tupida selva de
pelo. Saca la lengua y se relame la nariz.
Los ojos que me miran están redondos y bien atentos. Se baja atendiendo que
yo tuve que retroceder un paso por la fuerza que me empuja, posado en sus
custro patas está moviendo la cola como cualquier otro domesticado vigorosamente
de derecha a izquierda y en su rostro está el hocico abierto, la lengua rosada
y humectada afuera y los ojos pardos brillantes. Es extraordinario.